jueves, 8 de junio de 2017

El enemigo del taxi no es Uber, es el inmovilismo


El sector tradicional del taxi y el moderno (Uber y Cabify) llevan varios años a la greña en España por operar en este sector, bien es cierto que sobre todo por la hostilidad de los primeros, los tradicionalistas, que anclados en un modelo de negocio caduco ven como los modernos les quitan las carreras de las manos. Esto no solo pasa en nuestro país, sucede en medio mundo dado que ambas empresas están implantadas en muchos países. Uber, por ejemplo, en 607 ciudades de todos los continentes, y creciendo.

En consecuencia, huelgas como la que los taxistas patrios hicieron la semana pasada, muy mediática como es normal, ambas compañías las sufren constantemente algún lugar del mundo. No creo que en San Francisco, sede de Uber; ni en Madrid siquiera, sede de Cabify, se inquietaran en demasía. Saben que a largo plazo tienen las de ganar, aunque me atrevería a decir que a la corta.



Son empresas, en especial Uber, con dinero para aburrir (a finales de 2016 estaba valorada en 70.000 millones de dólares, más que General Motors, por ejemplo) altamente capacitada para litigar en los tribunales de la Unión Europea y ejercer acciones lobistas a su favor en un campo ya sembrado con viento a su favor: a la Comisión le gusta la libre competencia en todos los sectores y del taxi es uno de los que quedan por abrir a nuevos operadores. Mejor dicho, abierto ya está, ahora queda regularlo. La entrada de Uber ha abierto el camino a más empresas, lo que demuestra, no solamente que hay mercado y una necesidad que el taxi tradicional no cubría, sino que pueden actuar más operadores como demuestra Cabify. 



Igualmente, el tiempo ha demostrado que la demanda de este tipo de servicios ha crecido mucho desde que operan en España, al igual que sucede en el resto de países. El secreto de su éxito está en el uso de las nuevas tecnologías para conectar oferta y demanda (usted y el conductor que le lleva), precios más baratos debido a que los propios conductores ponen su coche particular para ofrecer este servicio, salvo en los servicios Premium, con unas condiciones determinadas, no de cualquier manera, y asegurados, al contrario de lo que se desinforma desde el sector tradicionalista del taxi. Para comprobar esto basta con ir a la web de Uber y leer el apartado de seguridad para pasajeros y adyacentes.

Otros aspectos que hacen que estas plataformas hayan penetrado tanto es que se puede pagar con tarjeta de crédito (de hecho solo aceptan esa forma), se puede dividir el gasto de la carrera entre dos o tres personas por medio de la aplicación de Uber, saber la tarifa estimada del viaje, en lugar de dejarlo a un acto de fe que se materializa en euros al final de la carrera o informar de tu hora de llegada a quien quieras desde la app. En definitiva, y esto es otra de las cosas que no entiende el sector tradicional, si vives una experiencia Uber o Cabify en Madrid, Barcelona, Sevilla, etc. no quieres dejarla.

Coger un taxi de los de siempre en una gran ciudad es vivir la misma experiencia que cuando fui a Madrid por primera vez en 1985. No ha cambiado nada para el usuario en 2017 como experiencia, salvo el coche que es mejor. Eso es lo que han trasformado estas plataformas. Así de simple, y de complejo a la vez.  Algo similar ocurre con otras plataformas colaborativas que triunfan como BlaBlaCar (para compartir coche en viajes) o Airbnb (para reservar alojamientos en casas particulares). Las TIC han puesto patas arribas modelos de negocios tradicionales. Ahora les llega su particular San Martín a estos sectores, pero antes ya han/hemos pasado muchos sectores de la actividad económica.

Por otra parte, mal hacen los representantes sindicales de las diferentes plataformas de taxistas culpabilizando a los usuarios de estos servicios y tratándolos poco menos que de tontos. Un consumidor de este servicio sabe dónde y en qué tipo de vehículo se monta, qué servicio prestan estas compañías, que están asegurados y cómo funcionan. El consumidor que repite es porque el servicio le gusta, no creo que sea por masoquismo.

En este servicio de utilizar un taxi, como ya he escrito otras veces, un consumidor opta por aquella opción que satisface mejor sus expectativas al precio que esté dispuesto a pagar, normalmente cuanto menos mejor. Eso mismo hace usted, señor taxista, cuando compra lo más barato posible por internet y no va a la tienda de la esquina. En la Sociedad de la Información la solidaridad por medio del consumo digital ha decaído mucho, conviene tenerlo presente.

Con casi toda seguridad, cuando el TJUE emita la sentencia que se espera, y siempre y cuando no sea descabellada contra los nuevos operadores, aparecerán más empresas que ahora no se atreven a dar el paso por la inseguridad jurídica. Este es el momento de los “outsiders”, de aquellos que rompen las reglas del juego en beneficio de todos los usuarios y consumidores.

Ambos sectores están a la espera de una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que debe resolver, en principio, muchas cuestiones, aunque en realidad este no es su cometido. Debería de haber sido la Comisión quién tomara cartas en el asunto y legislara, pero se ha puesto de perfil dado lo espinoso del tema. De momento, el abogado general del Tribunal de Justicia de la Unión Europea se ha mostrado más partidario de la postura de los taxistas tradicionales, al entender que no se trata de empresas de economía colaborativa sino de una nueva forma intermediación que ofrece servicios de transporte a través de las nuevas tecnologías. Simplificando: que no son empresas tecnológicas basadas en una app que transportan gente, sino que son empresas de transporte y como tales necesitan licencia y ser reguladas como las que ya existen.

La cuestión jurídica es muy compleja y aborda muchas cuestiones: licencias, fiscalidad, movilidad y libre competencia entre otras, pero mal hará el TJUE en decantarse por una de las dos opciones de forma radical, y muy mal y sigue las tesis del abogado general. El Tribunal tiene que conciliar lo bueno de los dos mundos. No puede obviar una realidad nacida de las nuevas tecnologías y que funciona en la actualidad en un limbo jurídico, pero que sí necesita unas normas y que tampoco puede hacer todo lo que quiera. No se pueden “uberizar” los sectores a la brava, pero no les puede negar el derecho a operar en un mercado comunitario abierto a la libre competencia y que es la esencia del mismo.

Por otra parte, tendrá que articular cómo el sector del taxi tradicional opera con nuevos competidores y sin las rigideces en un mercado basado en una excesiva regulación de la que se vale ahora para hacerse fuertes. Los nuevos tendrán que entender que habrá que aceptar normas, y los antiguos que se puede, y debe, usar la tecnología para avanzar. ¿Por qué no usan una aplicación igual o mejor que las de Uber y Cabify para trabajar?, por ejemplo. Lo del radio taxi huele un poco a muerto.

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