viernes, 18 de octubre de 2013

El que se resista, perderá en la sociedad digital

 La resistencia al cambio es una constante a lo largo de la Historia, algo innato al ser humano al que no le gusta cambiar y prefiere vivir en parámetros de una comodidad conocida. A finales del siglo XIX había manifestaciones porque la producción en cadena iba a terminar con el empleo y generaría altas tasas de desempleo. La apertura de cualquier mercado económico siempre encuentra resistencia, como sucedió con la entrada en la actual UE. En un ámbito local, la llegada de una gran superficie siempre es torpedeada por el pequeño comercio, y así miles de casos en la historia económica y social.

La explosión de las posibilidades que ofrece internet ha incidido en todos los ámbitos mejorándolos, haciendo que sean más eficientes, dando más poder al consumidor y abaratando parte de los sistemas productivos. Algunos de los más afectados son los sectores de la música, los video juegos, el cine o los libros, y en consecuencia son los que oponen mayor resistencia al cambio. Desde estos entornos se lanzan mensajes alarmistas asegurando que las nuevas tecnologías van a terminar con ellos y, por ende, con la oferta cultural de los países.

El talento no se va a terminar nunca, por mucho que insistan en ello las discográficas, cantantes acomodados y editoriales consolidadas. Desde el momento que se presentan 70.000 personas a un casting para un concurso televisivo de cante o baile, más de 500 manuscritos al premio Planeta o miles de creaciones que se distribuyen sin copyright, está muy lejos que esto suceda. En realidad se trata de falacias divulgadas por las grandes empresas que tratan de mantener su poder el mayor tiempo posible, exprimiendo económicamente al consumidor, hasta que sean ellas mismas las que se ayuden del cambio tecnológico y dejen fuera de juego a los intermediarios que existen entre ellos y los consumidores. La música, el cine y los libros no van a morir.

 Los que sí van a perecer, de hecho ya lo hacen por miles, son las tiendas tradicionales que viven de un modelo de negocio que ha quedado obsoleto. Los usuarios de internet no necesitamos al tendero de toda la vida para comprar estos productos, son sencillamente prescindibles en la nueva economía, en la medida que se pueden comprar por la red, y en muchas ocasiones más baratos, además de que ya no aportan valor a los clientes. Estos tres sectores son un buen ejemplo de que hay que pasar de vender productos: cedés, libros o películas, a ofrecer servicios en las nuevas plataformas digitales.

El consumidor actual ya no quiere un CD con 12 canciones, desea escuchar determinada cantidad de música pagando una tarifa plana como hace www.spoty.com (con más de 40 millones de usuarios), de la misma manera que no va a ir al cine a pagar por una película cerca de 10 euros cuando puede ver en su casa, por la mitad de precio, todas las quiera por medio de las ofertas legales que existen: www.nubeox.com, www.kuavi.tv, etc. Ni tampoco va a pagar 22 euros por un libro de papel cuando dispone del mismo por la mitad de precio en soportes digitales, además de poder gozar de numerosas obras de literatura por un coste de entre 2 y 3 euros como ya sucede con www.amazon.es o www.casadellibro.es

Los pequeños negocios que queden será porque han entendido el cambio y se han adaptado, y porque serán los mejores en un segmento. Por ejemplo, libreros que sepan lo que quiere un cliente y le den un valor añadido, y no vendedores de libros, y así en el resto de sectores. Y quiero hacer notar que no he mencionado la palabra piratería, que no es la causa principal de esta situación. La misma es perniciosa y se debe atajar, pero no es el mayor enemigo al que se enfrentan estas industrias, sino que se resisten al cambio.