jueves, 1 de agosto de 2013

Los muertos del accidente de Santiago tienen pendiente su entierro en Facebook

Los muertos descansan en paz para todos, menos para Facebook, Google y el resto de redes sociales que mantienen sus perfiles activos para toda la eternidad, salvo que se inicie un farragoso proceso para dar de baja al fallecido. De hecho, en Facebook el usuario no es retirado ni siquiera cuando fallece, ya que al darnos de alta en esta red le otorgamos el derecho de mantenernos “activo bajo un status especial de conmemoración”.

La tragedia del tren que descarriló la semana pasada en Santiago de Compostela ha sido carne de cañón en las redes sociales. Es cierto que han servido para constatar la solidaridad de los españoles y las muestras de afecto, pero también para mostrar su lado más desagradable: cómo enfrentarnos en este tipo de situaciones a la gestión de la privacidad, o cómo poner fin a lo que antes se llamaba “pena del Telediario” y ahora es “la pena del Facebook”.

Lo que por primera vez nos ha estallado entre las manos son los datos privados que las víctimas y el maquinista del tren habían subido a sus redes sociales, entradas que fueron puestas para compartir información con sus amigos y que ahora, en un efecto pernicioso y no previsto, se han vuelto públicas y han relatado aspectos íntimos que circulan de red en red, y de móvil en móvil. Las preguntas son muchas: ¿Hasta qué punto tenemos derecho a ser partícipes de este tipo de contenidos privados? ¿Son amigos míos aquellos que difunden mis datos a terceros? ¿De verdad aportan valor a las informaciones periodísticas?

Es el peaje de la nueva sociedad de la información, una cultura digital donde todo se expande de forma incontrolable, donde la privacidad pasa a un segundo plano y los datos son sacados de contexto para hacer buenos a unos y malos a otros. Las fotos amables de las víctimas son usadas para engrandecer su bondad. Si una de ellas tenía una foto de, pongamos por caso, voluntaria de una ONG, era automáticamente considerada casi una nueva Madre Teresa de Calcuta. Si por el contrario se trata de unos comentarios del maquinista sobre la velocidad del tren, cuatro meses antes del accidente, es un demonio sobre ruedas.

Cabe mencionar que Facebook, en contra de lo que suele ser normal en esta empresa, retiró el perfil de este trabajador de su red social a las pocas horas del suceso, lo que no impidió que se conocieran datos aleatorios y sacados de contexto para hacer carnaza de este trabajador. La justicia dictará sentencia en su momento, pero la sociedad ya tiene culpable. Es como en el viejo Oeste, salvo que en lugar de soga y árbol ahora usamos el ADSL y los ordenadores.

Los familiares de las víctimas se enfrentan ahora a un nuevo problema, mucho menor desde luego que la muerte, que es cómo dar de baja a sus seres queridos de las diferentes redes. En la actualidad, una vez muertos y enterrados no descansamos del todo. Queda la hora de la muerte digital, el día que logramos que la persona fallecida deje de estar “dando vueltas” por las redes e incrementando el dolor de sus allegados cada vez que asoma en nuestro perfil.

Facebook ofrece la posibilidad de hacerlo por medio de un largo protocolo, mientras que Goggle ha creado el administrador de cuentas inactivas, pero ni estas redes ni las demás lo ponen fácil cuando alguien fallece, un asunto que tendrá que ser regulado de forma beneficiosa para los usuarios digitales. Para conocer los pasos a seguir en caso de defunción, se puede consultar el artículo sobre esta cuestión de J.J. Velasco en www.bitelia.com (http://goo.gl/YDOPR). Aunque no estará de más que, al igual que hacemos con otros datos importantes de nuestra vida, dejemos a un familiar las claves de acceso a nuestras cuentas. Llegado el momento será triste de hacer este trámite, pero mucho menos doloroso que enfrentarse a gigantes sin sentimientos.